Mama India

En este instante voy en un vuelo de Doha a Miami a miles de pies de altura, sintiendo que que el vocabulario no me alcanza y que no puedo llamarle “volver”; es por ello que antes de escribir sobre cada ciudad visitada me dan ganas de comenzar por el final. No entraré en detalles sobre mi práctica de asanas aún, porque este viaje fue mucho más que ir a estudiar en Mysore y se parece más a un montón de sueños que soñé despierta y que me llevan hoy a tomar lápiz y papel que siempre llevé conmigo en mi morral. Después de todo, no me canso de repetir que el yoga es mucho más que posturas.

Mientras vuelo, le doy aliento a la idea de que me espera el mundo y sus extraños y que la mejor parte de irme es que puedo regresar a India apenas tenga la oportunidad o seguir a otros destinos, con toda esta euforia serena de cada célula de mi cuerpo de querer amar y sentirlo todo a todo momento, de intentar a toda costa ver con los ojos abiertos y cerrados y con la vulnerabilidad con la que me abrí a esta oportunidad que tradujo mi nombre en viento después de irme una vez más.

En un momento llegué a pensar que no sería la misma al regresar de India, pero pienso que viajar sola no me cambió sino que me ha hecho entenderme y manifestar más quien ya era. Cuando un sitio impacta tu vida en la forma en la que éste país impactó la mía, el lugar pasa de ser un simple pedazo de tierra en el planeta para convertirse en un sentimiento profundo. No exagero al decir que al pensar en India, una orquesta de imágenes vibra en el centro de mi pecho y me traslada instantáneamente a callejones, colores, olores, sabores y voces y siento un vacío en la garganta como cuando quiero explicar lo inexplicable, como cuando la gente me pregunta: “¿Cómo fue?” ó “¿Qué tal India?” Y yo me pongo en modo monosílabo y los obligo a conformarse con adjetivos vagos como: “Intenso” e “Increíble”. 

Traté de no tener expectativas al iniciar mi viaje, creo que solo cargué con algunas suposiciones derivadas de historias ajenas. Encontré imposible proyectarme con certeza al oír las experiencias de otros y estoy segura de que nadie visita alguna vez el mismo lugar que otra persona. India fue mi India y de nadie más. No me fui porque quería “encontrarme”, dentro de mis dicotomías e indecisiones no me sentía perdida sino más bien incomprendida hasta por mí misma de vez en cuando. En India reafirmé que cada lugar es lo que quieres y permites que sea y que necesariamente un viaje como éste no te hace regresar más centrado, claro o espiritualmente realizado, ni te inyecta una ingenuidad ciega que no te deje ver todo lo que nosotros mismos tenemos que hacer para que este mundo camine en la dirección correcta; el lugar es solo un medio que podemos aprovechar -o no, para la expansión de nuestra conciencia. India te expone y te abre en dos solo si tú lo permites, y cuando lo haces es hermoso. En mi caso lo que dio contenido a mi viaje fue cuánto me permití escuchar y entender, cuánto me atreví a tocar y con cuánta sensibilidad me abrí a realidades que no estaban descritas en el manual del día a día que conocía, verdades que creía saber pero en en realidad ignoraba y que pusieron muchos de mis conceptos de cabeza. Más que encontrarme o cambiar, me comprendí, me conocí y reté mis límites. India, al igual que cuando me paro sobre el mat, fue mi espejo y me enseñó a aceptar y sonreír, a llorar y soltar; todo de una forma más cruda y distinta.

Al irme me consideraba una mujer sencilla. En definitiva he acumulado muchas cosas en mi vida, lo que me hace obligarme a vivir en un constante “dejar ir”. Todo el tiempo y desde que recuerdo, al ver a los lados, tengo la sensación de que sobran demasiadas cosas (y a veces personas) a mi alrededor. Me fui con un presupuesto ajustado y que me limitaba pero que estaba bien, porque a pesar de que lo he tenido todo, crecí en un hogar en el cual algunas veces ciertas cosas no estaban a nuestro alcance y siempre lo entendí sin problema. Todo lo que aprendí siendo niña y las mayores dificultades que he encontrado al vivir sola la mayor parte del tiempo estos últimos 6 años, fueron desafiados por una escena complicada de mundo a la que muchos prefieren darle la espalda, y por una simplicidad esencial que está en la punta de nuestras narices pero que algunos tienen la mente y el corazón demasiado ocupados para verla. India y sus contrastes abrieron mis telones y sacaron lo mejor de mí pero también trajeron a superficie aspectos turbios de mi vida que necesitaban de mi atención y compasión. Me di cuenta de que era sencilla hasta que ser sencilla fue la única opción viable para apreciar mi recorrido y crecer en este viaje. Pensaba que la vida era bastante simple hasta que me encontré de frente con la miseria extrema de sus calles, la muerte, la injusticia y la desigualdad reinante. Sin embargo, la riqueza en la mirada de cientos de corazones y la humildad de ser feliz con lo que muchos consideraríamos poco, me dieron una perspectiva que jamás hubiese encontrado en la burbuja en donde vivía a pesar de que vengo de un lugar en donde circulan primordialmente aires de declive y decadencia.

A las pocas semanas de caminar en el polvo, en medio del calor más intenso y seco que he conocido y los callejones más sucios en los que he estado, mis pies comenzaron a agrietarse, a romperse y eventualmente a sangrar. En momentos así imaginaba mi cuarto y me daba cuenta de que aún hay tanto de sobra a pesar de que vivo deshaciéndome de tantas cosas. Viajar sola me enseñó a valorar no solo lo que pasa desapercibido como caminar cómoda y sin dolor sino que ahora también sé lo llena que me hace sentir caminar descalza en un mundo en donde tenemos tanto miedo de estar expuestos. Entiendo el valor de tener un piso limpio y seguro que no me obligue a cuidar demás mis pasos y aún así elijo estar descalza para conectarme con lo que importa, abrazando las adversidades. No tardé demasiado en recibir burlas y recordatorios de una amiga y otros mochileros que encontré en el camino diciéndome que había olvidado ponerme mis sandalias, hasta el punto de salir caminando descalza de hostales, terrazas, templos y tienditas sin darme cuenta. Estaba hipnotizada con mi viaje, tanto que empecé a prescindir de cosas en el trayecto y fui genuinamente feliz cuando no las tuve: ropa, electrodomésticos, artículos de cuidado personal, entre otros. La verdad es que tengo ciertas ambiciones minimalistas que nada tienen que ver con el tamaño de mis sueños y la percepción de mi potencial.

Mi viaje fue todo excepto fácil, pero fue tan lindo. Comí mucho menos y caminé mucho más,  lo cual se acentuó al irme de Mysore y comenzar mi trayecto por el norte atravesando las ciudades de Udaipur, Jaipur, Jodhpur, Agra, Varanasi, Rishikesh y Nueva Delhi,  sobre las que escribiré brevemente más adelante. Me cuidé, pero me gustaba pensar que no era necesario protegerme demasiado y me tildaban de irresponsable, sin embargo siempre sentí que detrás de todas mis decisiones había un propósito. Me metí en la cabeza eso de que como soy venezolana, nada me puede hacer daño como a esos que no crecieron comiendo queso blanco llanero o empanadas de un chino a las 7:00am después de rumbear toda la noche. En mi experiencia, la mente tiene el poder de creerse todo lo que te repites, y yo no pretendía vivir en una constante paranoia. Admito que en algunos casos fui irresponsable y que comer frutas que vende un señor en su carreta, con las manos llenas de tierra y en medio de una calle súper contaminada, no suena como una buena idea. Sin embargo, en el momento ninguna opción me hacía mejor o peor viajera, simplemente fue mi elección de cómo quería vivirlo todo y al día de hoy, no lo cambiaría por nada. Me ayudó enormemente irme sin prejuicios y no pasarme a los de la gente que me rodeó y mantener mis convicciones firmes y aplicarlas de manera contundente día a día.

Tuve el placer de enamorarme de los idlys, las dosas y el thali del sur y la necesidad de alejarme de los sabores del norte porque me hacían sentir pesada, letárgica y con la idea de que había comido algo que no me aportaba muchos nutrientes. No me ponía exquisita, la que tenía que adaptarse era yo y no la ciudad que pisaba, pero se me iluminaba la cara cuando caminando por el norte encontraba un sitio con un letrero de cocina south indian y pure veg. Pasé del vegetarianismo al veganismo nuevamente, manteniendo una dieta de frutas, arroz biriany y dal la mayor parte del viaje a excepción de un par de tazas de chai con leche de vaca que mi amiga Rema de hace muchos años, nativa de Mumbai, insistió que tomara.

Recurrir a mi propia fe y agradecer a todo momento me fue imperativo al atravesar India con mi mochila. Le hablé incontables veces a mi fuerza y voluntad para salir de algunos momentos que podría catalogar como unos de los más difíciles de mi vida en los que pasé “roncha pareja”, como diríamos los venezolanos, incluyendo esos días que me enfermé, el estar varada sin un plan, el acoso sexual, el dolor y desgaste físico notorio, pero que no opacan para nada mi experiencia sino que la enriquecen.

Amé con pasión y mucha devoción lo que considero un andar que apenas comienza. Los rostros, los ojos negros y miradas nobles, curiosas e infinitas, los paseos en tuk-tuk, las conversaciones largas con personas que quizás no veré de nuevo, practicar a los pies de mi maestro y la incertidumbre de estar casi siempre a la deriva y no saber lo que estaba haciendo, si estaba yendo a donde quería ir o si estaba perdida. Amé más a quienes ya amo, incluso a quienes ya no están en mi vida, a quienes me dejaron ir o dejé ir, y entendí que nunca estás solo cuando viajas solo; estás solo realmente cuando no eres capaz de estar contigo mismo.

India fue un nuevo amor que trajo retos y sueños a mi vida y que me impulsa a crecer más allá de lo que creí posible como si el crecimiento tuviese límites. India fue y es un trabajo espiritual constante para el que debí estar abierta y fuerte, porque sinceramente no creo que alguna vez hubiese pensado que estaba lista, por eso siempre digo que “para irse hay que irse y ya”.

Sus festivales me invitaron a celebrar la vida y sus rituales a enfrentarme a la belleza colateral de la muerte. A Mama India no dejo de escucharla y sentirla todos los días como si me abrazara con dulzura. No me había ido y ya cerraba los ojos e imaginaba que voy sola caminando por las aceras sucias, mis pies están negros nuevamente y una ancianita vistiendo un saree pasa a mi lado y me mira fijamente. Los hombres me preguntan a gritos de dónde soy y tratan de venderme hasta lo que no tienen  y otra gente habla en hindi y no entiendo más que tres palabras. Sonrío y sigo caminando y la vida huele a milenios, a carne humana puesta al fuego y al amor de Radha y Krishna, a masala y a excremento de vaca y estoy absolutamente exhausta, desgastada, pero tan feliz, que no necesito más que este momento para estar plena, para estar viva.

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