135#

En 2013 comencé a practicar Crossfit y dos años más tarde, desarrollé cierta preferencia por la disciplina de weightlifting (halterofilia), que pronto se convirtió en mi actividad  favorita de escape. Si estaba muy alegre, iba y levantaba la barra; muy triste, barra; con miedo, barra. De alguna forma el mundo se silenciaba apenas ajustaba mi agarre, subía la mirada y echaba mi cabello trenzado hacia atrás.

Fueron ciento treinta y cinco libras, un peso que antes usaba para entrar en calor y que hoy me pesaron el triple. Decido escribir “ciento treinta y cinco” en lugar de “135” porque escribirlo en letras sabiendo que puedo escribirlo en números, es igual de pesado que sentirse torpe en las cosas para las que generalmente eres ágil.

Si hubiese en el mundo una sola persona que te entiende y te traiciona, la barra se le compararía hoy. Luego, con el pasar de las horas aprecié la lección, y es que éste deporte también, al igual que mi práctica, es un reflejo de lo que va por dentro. Ciento treinta y cinco libras es lo que decidí que pesaba el mundo en ese momento, un bagaje de fechas tope, pasajes de avión, personas ausentes, dibujos inconclusos, despedidas y lesiones físicas producto de la mente, la práctica, los ajustes más allá de mis límites y la fatiga producto del sobre-uso de mi cuerpo después de meses llevándolo al límite. Las levanté, pero no volví a intentarlo, fue uno de esos días en los que “lo dejé así” antes de empeorarlo porque parecía la decisión más inteligente.

Apego. El peso del apego fue ciento treinta y cinco libras que no me dejaban avanzar, pero cuando uno es consciente de que es óptimo viajar livianos, entonces del desapego al apego nacerá la libertad. El apego a esta ciudad que me vio nacer, porque cada vez que llego a un sitio una parte de mí no quiere dejarlo. Apego a quienes me han apoyado estos meses, a nuevas propuestas, a mi rutina deportiva, a mi zona de confort. En mi opinión, vivir con menos y saber andar solos no significa tener nada, significa ir ligeros y saber vivir con menos. Desocupé todo mi cuarto. Ciento treinta y cinco libras simbólicas saqué de mi vida, tiré algunas fotos que ya no cumplían su función, boté cartas, regalé casi toda la ropa y los zapatos. Saqué parte de un pasado atascado en el clóset.

Cuando eres feliz estás siempre en el lugar correcto, a lo mejor mientras más te adaptas a donde llegas, más fácil es apegarse hasta que la lista de los apegos disminuye. Quizás, muy adentro, comprendí que regresar a Venezuela una vez más es todo menos un infortunio. Mientras, estoy sentada en la cama con dos maletas en frente que me preparan para regresar con metas puntuales a Miami que sigue siendo mi casa actual, y que es esta vez mi punto de partida y retorno antes y después de India. Descubrí que es posible sentirme abrumada por todo lo que tengo que hacer y contenta al mismo tiempo al recibir un montón de abrazos sinceros y buenos deseos mientras me alisto para atravesar el mundo.

Después de todo, es lindo ver el horizonte desde mi muelle pero es más lindo ir a probar a qué sabe el mar. He descubierto que siempre lo mejor es lo siguiente que pasa a la vez de que no dejo que eso me convierta en una inconforme empedernida. Soy lo suficientemente inconforme para que la curiosidad me siga llevando a buscar sin saber muy bien qué busco pero no lo suficiente para ser malagradecida. Trato de mantenerme ecuánime y llego a la conclusión de que no puede emocionarme más de lo que me emociona el hecho de que me voy…otra vez.

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