Ekam

Era un once de marzo de 2014 y me encontraba de pie al final de un salón rodeada de rostros que no puedo recordar. Mi mamá estaba ahí. La luz era fría como el año anterior, como mi studio en Nueva York durante el invierno y pesada como el último sello en mi pasaporte al regresar a Venezuela, mi país que ya no se sentía como “casa” en su interpretación más romántica. Me invadía un deseo constante de salir de todas las esquinas de mi mente, del vacío de extrañar mi espacio y las calles neoyorquinas que tanto amaba. Quería superar la necesidad  de respuestas con respecto a mi regreso forzado por las circunstancias y mi negativa a aceptar lo que en realidad hoy considero aceptable y quizás, ahora que pasaron los años, lo mejor que me ha pasado en el trayecto.

Un año antes, sentía que mi cuerpo se había rendido; mi salud no mejoraba y los diagnósticos desfavorables, algunos posiblemente reversibles y otros no según los médicos, no dejaban de escucharse. La realidad en Venezuela me recordaba todo el tiempo que ya no sabía desenvolverme en un sistema del cual había escapado en el 2011. Los días pasaban entre siestas que tomaba a toda hora, e incapaz de transformar mis emociones en arte me separé de la fotografía indefinidamente e intenté matar el tiempo en vez de vivirlo trabajando en un lugar al que no pertenecía. Ahí estaba yo, era como un destello de la mujer que una vez creí que era y empecé a extrañarme a mí misma todo el tiempo. Me había convertido en alguien que solo se sentía viva en las mañanas, tiempo en que me dediqué frenéticamente al ejercicio y me obsesioné con la nutrición, un tema del que hablaré más adelante. No sabía que el punto más bajo de mi vida sería lo que iba a reunirme en su momento con viejas y nuevas pasiones por las razones correctas y que me daría un nuevo propósito, una nueva herramienta para alcanzar mi bienestar, me devolvería las ganas, la calma y los proyectos.

Estaba a mucho tiempo de entender que ese lago inerte y oscuro en el que me sentía flotando y en el que a veces me ahogaba, también sería mi mejor espejo. A mucho tiempo de entender la necesidad de retornar a mí misma para poder ir por lo caminos que complementan mis sueños. Esos días no alcancé a imaginar que encontraría mi dharma y recuperaría la alegría en mi vida. Ensordecida por mi mente y agotada de sentir tanto y no sentir nada a la vez durante tanto tiempo, me topé con un escrito de Kino McGregor que sentía que respondía a toda mi ansiedad y con dos palabras que me llamaban como si me hubiesen acompañado de otra vida: Ashtanga Yoga. Así fue como ese miércoles del mes de marzo, en un salón lleno de extraños, me di una oportunidad y me paré al inicio del mat.

“Ekam, inhala.”– dijo Vanessa.

Día uno.

 

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